Ansiedad

Le despertaron las gotas de sudor frío resbalándole por la frente. Al abrir los ojos sintió que el techo se le caía encima. Agarró la sábana y la apartó con fuerza. Saltó de la cama y se dirigió al pasillo como hacía cada noche. Caminando descalza sentía el frío de las baldosas en sus endurecidos pies, era mediados de enero en Ciudad Sur. Al final del pasillo giró a la derecha y llegó al cuarto de estar, una sala pequeña con unas ventanas que ocupaban toda la pared exterior, de arriba a abajo. Las luces de la calle iluminaban la estancia con el amarillo de las farolas y el azul de los neones de los edificios.

Entró en el cuarto y se dirigió al sillón viejo de su abuela. Se sentó y se agarró las rodillas con fuerza, el corazón le latía muy rápido, pero podía hacerlo, sabía que podía. Se balanceó con fuerza sin soltarse las piernas, las apretaba contra su pecho mientras respiraba por la boca. Estaba perdiendo el control. Una sensación de cosquillas se apoderó de su cabeza. Otra vez.

Desde que Marcus se había marchado, los ataques habían sido continuados, cada noche, cada día.

Se levantó del sillón, decidió caminar. Se dirigió a la ventana y pegó la cara contra el frío cristal. Podía escuchar el claxon de los coches en la calle. Probablemente serían las dos de la madrugada, no llevaba muchas horas dormida, como de costumbre. Colocó las palmas de la mano sobre el vidrio frío y empañado, y sintió la vibración.

No pensar. Esa siempre había sido la solución, no pensar en nada, no pensar en el problema, no pensar en Marcus, pensar en los ataques. Los ataques.

Se separó de la ventana, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta rápido, se giró y volvió sobre sus pasos. Respirar. No pensar. Sabía que si analizaba racionalmente el ataque que estaba sufriendo, no iba a mejorar la situación. El pánico crecería hasta quedarse para siempre alojado en su cuerpo, y entonces, ¿Qué iba a hacer entonces?

El corazón seguía latiendo con fuerza. Tenía frío, tenía calor. Caminaba a grandes zancadas por la habitación. No podía durar mucho más, estaba a punto de terminar, nunca duraba tanto.

Salió del cuarto de estar y corrió por el pasillo de vuelta a su habitación, buscó el teléfono móvil entre las sábanas. Con las manos temblorosas lo agarró y comprobó las últimas llamadas.

Sandra. Llamar.

–Cógelo. Cógelo. Cógelo –dijo en voz alta.

La sensación de cosquillas en la cabeza había vuelto. El frío se le metía hasta los huesos, pero el frío era su menor problema. Joder, el frío tenía solución.

–Cógelo. Cógelo.

Nada.

–Me dijo que llamase si la necesitaba. Que la llamase.

Tiró el teléfono con fuerza sobre la cama y volvió por el pasillo. Entró en el cuarto de estar y se dirigió a la ventana. Luces. Coches. Teléfono.

Corrió de vuelta a su cuarto donde estaba sonando su teléfono con aquel tono de llamada que tanto le gustaba a Marcus.

–¿Estás bien? –La voz al otro lado del aparato era la de Sandra.

–No puedo más –le respondió casi relajada, con un susurro.

–No te muevas. voy para tu casa.

Dejó el teléfono una vez más sobre la cama y caminó despacio por el pasillo. Una última vez.

Las cosquillas se incrementaban y se le nublaba la vista. Desde los pies hasta el pecho una sensación vibrante comenzaba a apoderarse de su cuerpo. No controlaba a su corazón, no controlaba sus pensamientos. Nadie podía hacerlo.

En vez de girar a la derecha, sin ninguna duda en su rostro, giró a la izquierda y salió por la puerta principal. No cogió llaves, no las necesitaba.

Subió por las escaleras de granito que se mostraban ante ella. Estaban aun más frías que el suelo de su casa. Iba descalza, con aquel pijama de entretiempo que tanto odiaba, regalo de Marcus.

Subía las escaleras a oscuras, con la única compañía que el sonido de la lluvia en el exterior y aquella sensación de cosquilleo inoportuno.

El ataque, ya no pensaba en el ataque, no tenía sentido pensar más en ello. Ya no necesitaba que parase. No iba a parar jamás.

Al final de las escaleras había una puerta metálica llena de pintadas. Se encontraba en un estado mental estable a pesar de lo que solían pensar los demás.

Abrió la puerta de aluminio y salió al exterior.

El frío ya no sería un problema, prefería disfrutar de aquella sensación como una señal de su propia consciencia. Ni siquiera quería pensar en si estaba loca, ya había pensado demasiado. Había pensado. Ya no pensaba.

A penas tras dar dos pasos sobre el cemento de la azotea ya estaba cubierta de la fina lluvia. Había dejado el teléfono sobre la cama, había hablado con Sandra, Marcus se había marchado. De repente se sintió vacía pero de una manera liberadora. Siguió caminando hasta el borde del edificio, escuchaba el tráfico desde allí arriba. Maldita ciudad que nunca duerme.

Mientras se acercaba a la barandilla, miraba el cielo naranja que cubría toda la inmensidad a su alrededor. No echaría de menos aquel cielo.

Pasó por encima de la barandilla sin ninguna duda. Giró sobre sí misma y cerró los ojos. El cosquilleo había desaparecido. Su corazón ya no se aceleraba, se encontraba más cuerda y más tranquila que en toda su vida. Sonrió para sí y saltó.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s