Ella

El relato que sigue pertenece a uno de los ejercicios del taller que organizó Alicia de Read Infinity el pasado verano. Pasaros por su blog, porque es maravilloso.

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Ella

El otoño pasó galopando tan rápido como lo habían hecho el verano y la primavera. Las últimas estaciones parecían desdibujarse a través de los cristales de su ventana. En la soledad de la habitación esperaba entre suspiros y café a una muerte que nunca llegaría. Después de levantarse de la cama con un dolor punzante en las sienes, como de costumbre, haberse tomado la medicación por orden alfabético y haber vislumbrado las primeras páginas del periódico que alguien había dejado junto a su puerta, se disponía a sentarse en un sillón enmohecido a observar las hojas caer sobre el asfalto como de costumbre. Los árboles habían crecido tanto en la última década… Habían conseguido tapar las ventanas de la casa de enfrente. Las nubes danzaban en el cielo como lanchas blanquecinas en un mar infinitamente azul, se desvanecían cada vez más rápido.

Apenas se había acomodado en el sillón y ya había pasado medio día delante de sus ojos. El tiempo era infinito para ella. Varios golpes en la puerta la sobresaltaron, contestó con un ademán ruidoso y notó como el camarero dejaba la bandeja metálica con la comida en el pasillo. Se levantó sigilosa arrastrándose por el suelo, abrió la puerta y tiró del recipiente para cerrarla con fuerza. Se volvió a sentar junto a la ventana para devorar las mazorcas asadas. Comía lo mismo cada día. Qué podía hacer si no. Era lo único que la mantenía ligada a su pasado. Su madre se encontraba en el olor cálido del maíz. Su padre estaba en el sonido de la bandeja contra el suelo, y podía escuchar los gritos de su hermano mientras hacía dibujos en el plato con el maíz desgranado.

Los tiempos habían cambiado tanto que ni siquiera encendía la tele, no quería saber de qué forma estúpida habían comenzado a matarse los mortales. Se había enterado por aquella caja ruidosa de los fallos del experimento, ni siquiera habían tenido la consideración de hacerle llegar una carta, ni siquiera una llamada o un maldito mail. Se enteró de la peor manera posible y desde entonces no la encendía. Toleraba los periódicos locales porque le divertían las historias sobre ovejas radiactivas, y estaba al día en estrenos cinematográficos, pero intentaba mantenerse lo más alejada posible de aquellos seres con los que ya no guardaba parentesco.

Prefería no contar los años que pasaba en aquel lugar. Aquella habitación de hotelucho pagada por el gobierno como compensación a su grandísimo error. Sabía que hacía ya casi medio siglo que no hablaba de ello, la gente se había olvidado con el tiempo de la mujer inmortal, la primera de su especie. Había sido seleccionada de entre un millar de candidatos y la única superviviente de los veinte sujetos finalistas. Ella, la última en tomar la píldora definitiva. La píldora que solo había causado el efecto deseado en un solo individuo y que había provocado la muerte de casi toda una generación. Se la había vendido como una heroína biológica, giras dignas de una estrella de rock. Recordaba la visita a la última ciudad del calendario, cuando por la tele se enteró de que los primeros miles de voluntarios después de su éxito habían perecido un mes después de someterse al tratamiento. Recordaba cómo se había arrancado la ropa con sus propias manos y había salido del restaurante donde comían para no volver jamás. Desde aquel día había jurado no volver a confiar en un humano, y mucho menos en el gobierno.

Hacía tanto tiempo de aquello que apenas se recordaba a sí misma. En ocasiones una imagen le atravesaba la mente recordando que le gustaban las gachas con miel o que solía sonreír casi a diario, que coleccionaba cajas de cerillas o que sentía atracción por hombres y mujeres en la misma medida.

Pero hacía años que no era ella. Ahora solo estaba la ventana, las hojas arremolinadas en las aceras, las mazorcas asadas, y ella arrebujada en su manta en el último rincón del mundo donde nadie pensaría encontrarla.

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