Detonante

El barro le frenaba el paso, se le hundían los pies hasta las rodillas. Caminaba entre sollozos, mirando hacia atrás de forma intermitente. El sonido de los cuervos a lo lejos la asustaba pero seguía adelante. Recordaba las palabras de su madre cuando le decía que no eran más que pájaros brillantes que volaban cerca de los muertos. Muertos. Había visto muchos desde que se había despertado aquella mañana. Ahora no podía volver, no quería hacerlo. madre ya no estaba y su hermano tampoco. Había visto sus cuerpos mutilados. Su vestido estaba salpicado con la sangre de su familia y había perdido su muñeca de maíz.

Caminaba más deprisa, respirando por la boca. Tenía hambre. No podía parar. Escuchaba el sonido de los caballos a una distancia peligrosa. Era pequeña, sabía que podría esconderse y si la cosa se ponía fea podría hacer lo mismo que aquella mañana. Las lágrimas brillaban en sus ojos. No dejaba de pensar en lo que podría haber hecho si se hubiera despertado a tiempo.

El sendero del bosque se ensanchaba, sabía que no podía seguir por el camino real o la descubrirían. Debía permanecer entre los árboles. No estaba segura de poder hacer de nuevo que todo explotara. Tampoco quería hacer daño a los animales del bosque si lo intentaba.

bosque

Se pasó la mano por la cara para secarse las lágrimas y en silencio se desvió hacia la espesura. Conocía el bosque, solía ir con madre a recoger bayas y setas silvestres en otoño. Solía correr entre las flores en primavera. El olor que desprendía el bosque a finales del verano era diferente, parecía desolado, o tal vez fuera por la presencia de las huestes del emperador. Aquellos hombres que lo destruían todo. Cortaban los árboles y construían armas gigantes con las que arrasaban todo a su paso. Pensando en aquello se le encendieron las mejillas, notaba como la garganta le escocía y las manos le ardían. Intentó calmarse. El cielo comenzaba a tornarse violeta por algunas zonas, no tardaría en hacerse de noche. Debía llegar al linde del bosque antes de que sucediera si no quería ser devorada por las bestias.

Dos horas después podía escuchar los grillos cantar entre la hojarasca y los murciélagos pasaban sobre su cabeza emitiendo chillidos estremecedores. Casi podía ver el río desde allí. Intentó correr, pero las piernas le fallaron y se cayó de bruces. Mientras se frotaba las rodillas y recobraba la fuerza para levantarse, comenzó a escuchar como se acercaban caballos. Estaban cada vez más cerca. Se levantó de golpe y comenzó a caminar, no sin dificultad. Se había confiado y no había estado atenta a las señales.

Casi no podía levantar los pies del suelo cuando un grupo de ocho hombres a caballo se cernió sobre ella. Se agachó y se tumbó en el suelo agarrándose las piernas con fuerza. Las lágrimas volvieron a inundarle los ojos y con la vista nublada pudo vislumbrar un hombre bajándose del caballo. Una mano la agarro del pelo y tiró hasta ponerla en pie. Dio un grito y dejó que el llanto saliera de su diminuto cuerpo, tomando el control de sus deseos.

Escuchó como todos se reían y el acero chocando contra el acero. Se limpió las lágrimas y alzó la vista para mirarlos. Armaduras oscuras y caballos de guerra. Los siete caballeros restantes se bajaron de las monturas y la rodearon.

—¿Esta es la niña que escapó? —Escuchó preguntar a un hombre, tras ella.

—¿Por qué tanto lío por esta cría? —Otro hombre dio un paso y la zarandeó por los hombros.

—Es una bruja —dijo el primero, tirándola del pelo otra vez.

La niña aguantó el dolor. No dejó escapar una lágrima más y lo miró a los ojos con decisión.

—¿Dónde está tu madre, muchachita? —dijo el hombre haciendo una mueca ridícula.

Todos rieron. El primer hombre giraba en torno a ella cuando un lobo gris atravesó el círculo apresurado. Los caballos se asustaron y salieron corriendo ante la sorpresa de los hombres. Unos blandían la espada, asustados. Otros intentaban atrapar a los caballos sin éxito.

—Ha sido ella —sentenció el más alto—. Si es una bruja deberíamos matarla aquí y ahora.

—Estoy de acuerdo —dijo otro a su espalda—. Acabemos con esto antes de que sea tarde.

Mientras tanto la niña había cerrado los ojos. Apretaba los puños con fuerza. Aquel era el momento de sentir rabia. No era ninguna bruja, o no lo creía. Las brujas eran malas, madre se lo había dicho muchas veces. Pero ella podía hacer aquello. Ojalá hubiera despertado antes aquella mañana. Recordó los cuerpos de sus hermanos tirados en el suelo, cubiertos de sangre, sintió como la garganta le volvía a picar y el calor le encendía las mejillas. Abrió los ojos y vio al hombre más alto mirándola con curiosidad, con la espada desenvainada. Concentró toda su rabia en el interior de su pecho y pestañeó para liberarla. De pronto pudo ver como una luz azulada lo invadía todo, torbellinos de aire frío movían sus rizos de un lado a otro. Gritos de horror y luego el silencio.

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